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Comunicado de RBC: El imperialismo francés, en horas bajas

French military patrol near the Eiffel Tower the day after a series of deadly attacks in Paris , November 14, 2015.      REUTERS/Yves Herman - RTS6ZSC

 

Los atentados acaecidos en París el pasado viernes 13 de noviembre han dejado al descubierto todas las flaquezas de la otrora grandeur imperial francesa.

La composición del grupo que llevó a cabo los ataques, constituido en su mayoría por jóvenes franceses nacidos en el Hexágono, echa por tierra mitos profundamente arraigados en el imaginario francés posterior a la II Guerra Mundial, tales como la cohesión social, la sociedad de acogida, su carácter integrador de las minorías o la escuela pública laica. De hecho, el 13-N, como antes el asalto a la redacción de Charlie Hebdo, o, remontándonos algo más en el tiempo, los levantamientos en las banlieux de las principales ciudades del país, han sacado a la luz la existencia de un sector de población de origen principalmente –aunque no sólo– emigrante, religión musulmana y extracción obrera, que reconoce abiertamente al Estado burgués y a su modelo social como su enemigo declarado, y que, además, está dispuesto a hacerle frente.

No es de extrañar que los voceros de la reacción francesa y de toda Europa hayan cargado contra el Islam y los emigrantes procedentes de países árabes tras los atentados de París. Se puede trazar, sin género de duda, un paralelismo histórico entre la utilización por el fascismo, durante el periodo de entreguerras, de la ideología antisemita como instrumento de cohesión y movilización de la pequeña burguesía desclasada y en proceso de proletarización, con el empleo de la islamofobia en la actualidad. Es la misma clase burguesa en crisis, de los mismos países imperialistas, cargando con argumentos análogos de raza y credo contra grupos sociales excluidos por razones semejantes de clase y cultura.

Que recientemente el sionista Netanyahu haya exculpado o atenuado la responsabilidad histórica de Hitler en el Holocausto, atribuyéndosela, siquiera en parte, al entonces muftí de Jerusalén, o que Bernard Henri Lévy, rábula internacional de toda causa imperialista, identifique fascismo e Islam –“fascislamismo” es el término que él emplea– muestra hasta qué punto la satanización de la religión musulmana y de los árabes forma parte consustancial de la política global imperialista de nuestros días, tanto en casa como en los patios traseros.

Es más, por seguir con las analogías históricas entre los “demócratas” de hoy y los nazifascistas de ayer, siervos todos del capital: de igual modo que la muerte en París en noviembre de 1938 del diplomático alemán Ernst vom Rath a manos del judío Herschel Grynszpan fue el clavo ardiendo a que se asió la bestia fascista para desencadenar la “Noche de los cristales rotos”, en que fueron asesinados decenas de judíos alemanes, los recientes atentados en la capital francesa son la espuria excusa con que justificar un nuevo giro de tuerca a la política de agresión permanente del imperialismo contra el mundo árabo-islámico.
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El gran vencedor

Bandera Reichstag

 

El 8 de mayo de 1945, hace 70 años, numerosos contingentes del Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) tomaron la capital del Tercer Reich, Berlín, terminando prácticamente el gran conflicto mundial, uno de los episodios más sangrientos de la historia de la humanidad que dejó un rastro de destrucción y muerte sin precedentes. Derrotando definitivamente al nazismo, hasta entonces la cara más reaccionaria del poder imperialista, las fuerzas populares y antifascistas de todo el mundo, lideradas por la URSS, habían alcanzado una extraordinaria victoria. Se dieron pasos firmes y enérgicos hacia la construcción de un mundo nuevo.

Sin embargo, el verdadero gestor de los terribles conflictos que debastaron el planeta, el vientre que había producido el monstruo nazi, no fue definitivamente extirpado. El imperialismo se mantuvo vivo y con prontitud, el horror de las guerras mundiales por repartirse el mundo y la rapiña continuó desarrollándose, volviéndose más agresivo y sanguinario.

La Segunda Guerra Mundial fue, hasta hoy, el más brutal conflicto armado de la historia. En ella perdieron la vida cerca de 47 millones de personas, además de haber sido arrasadas ciudades enteras, principalmente en Europa y Asia. Iniciada oficialmente el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia por parte del ejército nazi, este nuevo enfrentamiento había sido preparado por las potencias imperialistas desde el fin de la Primera Guerra Mundial, a mediados de 1918.

En su análisis sobre el imperialismo, Lenin, el gran jefe de la Revolución Soviética, se expresó así en relación a las guerras en la etapa imperialista: “Los acuerdos firmados al final de una guerra son el punto de partida de un próximo conflicto“. La historia confirmó la veracidad de estas palabras más rapidamente de lo que muchos imaginaban. Europa, 21 años después devastada, volvió a ser escena de otra sangrienta disputa interimperialista que, sin embargo, no se limitaba a un solo continente.
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Stalin sobre la crisis de 1929

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Al analizar la crisis, saltan a la vista, ante todo, los hechos siguientes:

1. La crisis económica actual es una crisis de superproducción. Ello significa que se han producido más mercancías de las que puede absorber el mercado. Significa que se han producido más telas, combustible, artículos manufacturados y víveres de los que pueden comprar, con el dinero de que disponen, los consumidores fundamentales, es decir, las masas populares, cuyos ingresos permanecen a un bajo nivel. Y como la capacidad adquisitiva de las masas populares bajo el capitalismo continúa siendo ínfima, los capitalistas amontonan las mercancías “sobrantes” -las telas, los cereales, etc.- en los almacenes o incluso las destruyen, a fin de mantener precios elevados; reducen la producción, despiden a los obreros, y las masas populares se ven condenadas a vivir miserablemente porque se han producido demasiadas mercancías.

2. La presente crisis es la primera crisis económica mundial que se registra después de la guerra. Es mundial, no sólo porque afecta a todos o casi todos los países industriales del mundo, con la particularidad de que hasta Francia, que va inyectando sistemáticamente en su organismo los miles de millones de marcos de las reparaciones alemanas, no ha podido evitar cierta depresión, que, según todos los síntomas, ha de convertirse en crisis. La crisis es mundial, además, en el sentido de que la crisis industrial ha coincidido con una crisis agraria que afecta a la producción de toda clase de materias primas y de víveres en los principales países agrarios del mundo.

3. La presente crisis mundial se desarrolla desigualmente, a pesar de su carácter general, afectando a tales o cuales países en distinto tiempo y con fuerza distinta. La crisis industrial comenzó primero en Polonia, en Rumania, en los Balcanes, desarrollándose allí en el transcurso de todo el año pasado. A fines de 1928 existían ya síntomas palmarios del comienzo de una crisis agraria en el Canadá, en los Estados Unidos, en la Argentina, en el Brasil y en Australia. Durante todo ese período, la industria de Estados Unidos va en ascenso. A mediados de 1929, la producción industrial en ese país alcanza una altura casi record. Sólo a partir de la segunda mitad de 1929 se inicia un viraje, y después se desarrolla ya una crisis vertiginosa de la producción industrial, que ha retrotraído Norteamérica al nivel de 1927. Sigue la crisis industrial en el Canadá, en el Japón. Después vemos una racha de quiebras y la crisis en China y en las colonias, donde se ahonda todavía más debido a la baja de los precios de la plata, donde la crisis de superproducción va unida al desmoronamiento de la economía campesina, llevada al agotamiento completo por la explotación de los señores feudales y los impuestos agobiadores. En cuanto a la Europa Occidental, la crisis empieza a manifestarse de un modo sensible únicamente a principios de este año, y no en todas partes con la misma intensidad; en Francia, la producción industrial incluso sigue aumentando en este período.
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Análisis de las situaciones – Relaciones de fuerzas

 

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El estudio de cómo hay que analizar las “situaciones” o sea, de cómo hay que establecer los diversos grados de correlaciones de fuerzas, puede prestarse a una exposición elemental de ciencia y arte políticos, entendida como un conjunto de cánones prácticos de investigación y de observaciones particulares útiles para despertar el interés por la realidad de hecho y para suscitar intuiciones políticas más rigurosas y vigorosas. Al mismo tiempo hay que exponer lo que se debe entender en política por estrategia y por táctica, por “plan” estratégico, por propaganda y por agitación, por orgánica, o ciencia de la organización y de la administración en política.

Los elementos de observación empírica que comúnmente se exponen en confusión en los tratados de ciencia política (se puede tomar como ejemplar la obra de G. Mosca, “Elementi di scienza politica”) tendrían que situarse, en la medida en que no sean cuestiones abstractas o en el aire, en los varios grados de correlaciones de fuerzas, empezando por las correlaciones de las fuerzas internacionales (en esta sección habría que colocar las notas escritas acerca de lo que es una gran potencia, las agrupaciones de Estados en sistemas hegemónicos y, por tanto, acerca del concepto de independencia y de soberanía por lo que hace a las potencias pequeñas y medias), para pasar a las correlaciones objetivas sociales, o sea, al grado de desarrollo de las fuerzas productivas, a las correlaciones de fuerza política y de partido (sistemas hegemónicos en el interior de los Estados) y a las correlaciones políticas inmediatadas (o sea, potencialmente militares).

Las relaciones internacionales, ¿son (lógicamente) anteriores o posteriores a las correlaciones sociales fundamentales? Posteriores, sin duda. Toda innovación orgánica en la estructura modifica orgánicamente las correlaciones absolutas y relativas en el campo internacional, a través de sus expresiones técnicomilitares. También la posición geográfica de un Estado nacional es posterior y no anterior (lógicamente) a las innovaciones estructurales, aunque reaccione sobre ellas en cierta medida (precisamente en la medida en la cual las sobrestructuras reaccionan sobre la estructura, la política sobre la economía, etc.). Por otra parte, las relaciones internacionales reaccionan pasiva y activamente sobre las correlaciones políticas (de hegemonía de los partidos). Cuanto más subordinada está la vida económica inmediata de una nación a las relaciones internacionales, tanto más representa un partido esa situación y la aprovecha para impedir la llegada de los partidos adversarios al poder (recuérdese el famoso discurso de Nitti sobre la Revolución italiana técnicamente imposible). Desde esa serie de hechos se puede llegar a la conclusión de que a menudo el llamado “partido del extranjero” no es precisamente el que se indica como tal, sino el partido más nacionalista, el cual, en realidad, más que representar las fuerzas vitales del país, representa la subordinación y sometimiento económico a las naciones o a un grupo de naciones hegemónicas(1).
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Cómo la dictadura polaca arrojó su país a las garras de Adolf Hitler

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Solamente un descendiente de aquel régimen feudal y oscurantista, como Kaczynski, sería capaz de intentar revertir los hechos para evitar rendir cuentas por el abismo en el que Polonia, otra vez, en esta crisis, se debate. 

Los documentos ahora desclasificados por Rusia sobre la actividad anti-soviética y pro-fascista del gobierno polaco antes de la Segunda Guerra Mundial detallan algunos aspectos, pero los hechos a los que se refieren ya eran sobradamente conocidos en el momento, y después. Es una verdad que ya debería haber pasado a los libros de historia en general -y si no pasaron es sólo porque los años de neoliberalismo fueron también (y, quizá, sobre todo) un pantano de mentiras- que el gobierno polaco de Pilsudski y Beck persuadió a minorías étnicas dentro de la URSS, que mantuvo un aparato de sabotaje y asesinato contra el gobierno soviético y que hizo frente con los nazis para derrotar a los rusos, ucranianos, bálticos, bielorrusos y otros pueblos que estaban construyendo el socialismo. También es cierto que, como dijo el general Lev Sotskov de la inteligencia rusa, con esta política, provocaron una catástrofe para Polonia y para el pueblo polaco.

Sólo un oportunista (o un completo ignorante) como el actual presidente polaco, Lech Kaczynski, puede tener la pretensión de distorsionar e invertir hechos que ya eran más que conocidos. Sin embargo, los hechos son los hechos, y no hay imbécil en el mundo que pueda cambiarlos, ya que ya han sucedido.

El intento es, sin duda, presentar a los soviéticos como los agresores de Polonia cuando los nazis masacraron el país entre 1939 y 1944, asesinando a seis millones de polacos, la mitad de ellos en Auschwitz, Treblinka y otros campos de exterminio.

Solamente un ignorante como Kaczynski trataría de revertir la historia de esta manera. El objetivo es claro: absolver al gobierno polaco de antes de la Segunda Guerra Mundial -una dictadura feudal, oscurantista, con una mezcla de fanatismo idiota y brutalidad- de su complicidad con Hitler, lo que acabó llevando finalmente al país a la peor tragedia de su historia, ya por sí bastante trágica.

No es, por supuesto, gratuito (realmente, gratuito no es) este intento. Kaczynski es un descendiente de los PiBsudski, Beck y otras figuras lamentables que jugaron con Polonia en el abismo. Pero sus razones no son puramente históricas: en la crisis actual, Polonia está de nuevo en el pantano, pagando el precio de la brutal, salvaje e irracional restauración del capitalismo en el país. En aquella época se estancaron todas las aguas residuales de Polonia, de donde surgieron los Walesa, los Kaczynski y otros demagogos sin escrúpulos. Ahora que el desastre está a la vista, que los polacos sufren cada día las consecuencias, quieren huír sin rendir cuentas, echando la culpa a los soviéticos. Pues no lo van a conseguir.
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