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¿Opresivo y gris? NO, crecer en el comunismo fue la época más feliz de mi vida

see story by Neil Clark  collect picture shows zsuzsanna Clarke  at Elementary school  during her childhood in Hungary

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zsuzsanna Clarke at Elementary school during her childhood in Hungary

 

Artículo de opinión de Zsuzsanna Clark, que creció en Hungría Socialista durante las décadas de los 70 y los 80, y posteriormente en Gran Bretaña. Narra sus vivencias y realiza interesantes reflexiones que asombrarán a más de un despistado.

 

 

Cuando la gente me pregunta cómo era crecer detrás del telón de acero en Hungría en los años setenta y ochenta, la mayoría espera escuchar cuentos de policía secreta, las colas de pan y otras declaraciones desagradables sobre la vida en un estado de partido único.

Ellos quedan siempre decepcionados cuando les explico que la realidad era muy diferente, y Hungría comunista, lejos de ser el infierno en la tierra, era en realidad, más bien un lugar divertido para vivir. Los comunistas proporcionaban a todos con trabajo garantizado, buena educación y atención médica gratuita.

Pero quizá lo mejor de todo fue la sensación primordial de la camaradería, el espíritu que falta en mi adoptada Gran Bretaña y, de igual forma, cada vez que voy de regreso a la Hungría actual.

Yo nací en una familia de clase trabajadora en Esztergom, una ciudad en el norte de Hungría, en 1968. Mi madre, Juliana, vino del este del país, la parte más pobre. Nacida en 1939, tuvo una infancia dura. Dejó la escuela a los 11 años y se fue directamente a trabajar en los campos. Ella recuerda haber tenido que levantarse a las 4 am para caminar cinco kilómetros para comprar una hogaza de pan. De niña, ella tenía tanta hambre que a menudo esperaban junto a la gallina hasta que pusiera un huevo. Entonces lo abría y se tragaba cruda la yema y la clara.
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El gran vencedor

Bandera Reichstag

 

El 8 de mayo de 1945, hace 70 años, numerosos contingentes del Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) tomaron la capital del Tercer Reich, Berlín, terminando prácticamente el gran conflicto mundial, uno de los episodios más sangrientos de la historia de la humanidad que dejó un rastro de destrucción y muerte sin precedentes. Derrotando definitivamente al nazismo, hasta entonces la cara más reaccionaria del poder imperialista, las fuerzas populares y antifascistas de todo el mundo, lideradas por la URSS, habían alcanzado una extraordinaria victoria. Se dieron pasos firmes y enérgicos hacia la construcción de un mundo nuevo.

Sin embargo, el verdadero gestor de los terribles conflictos que debastaron el planeta, el vientre que había producido el monstruo nazi, no fue definitivamente extirpado. El imperialismo se mantuvo vivo y con prontitud, el horror de las guerras mundiales por repartirse el mundo y la rapiña continuó desarrollándose, volviéndose más agresivo y sanguinario.

La Segunda Guerra Mundial fue, hasta hoy, el más brutal conflicto armado de la historia. En ella perdieron la vida cerca de 47 millones de personas, además de haber sido arrasadas ciudades enteras, principalmente en Europa y Asia. Iniciada oficialmente el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia por parte del ejército nazi, este nuevo enfrentamiento había sido preparado por las potencias imperialistas desde el fin de la Primera Guerra Mundial, a mediados de 1918.

En su análisis sobre el imperialismo, Lenin, el gran jefe de la Revolución Soviética, se expresó así en relación a las guerras en la etapa imperialista: “Los acuerdos firmados al final de una guerra son el punto de partida de un próximo conflicto“. La historia confirmó la veracidad de estas palabras más rapidamente de lo que muchos imaginaban. Europa, 21 años después devastada, volvió a ser escena de otra sangrienta disputa interimperialista que, sin embargo, no se limitaba a un solo continente.
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