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Entrevista realizada a Karl Marx en el periódico “The World” (18 de julio de 1871)

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Karl Marx, de origen alemán, filósofo, político, editor y padre de la Internacional, recibe en su hogar londinense a R. Landor, corresponsal del diario neoyorkino “The World”. Una charla imprescindible para descifrar la historia de aquel momento y de las décadas siguientes.

 

Me han pedido ustedes que averigüe algo acerca de la Asociación Internacional, y eso es lo que he intentado hacer. En este momento, la empresa resulta difícil, pero los ingleses están atemorizados y huelen a Internacional por todas partes, del mismo modo que el rey James olía pólvora tras la famosa conjura. La conciencia de la asociación ha crecido naturalmente junto con las sospechas de la opinión pública; y si quienes la lideran tienen algún secreto que guardar, son el tipo de hombres que saben guardarlo bien. Me he puesto en contacto con dos de sus miembros más destacados, he hablado libremente con uno de ellos y aquí les ofrezco lo sustancial de nuestra conversación. En un aspecto, he satisfecho mis dudas: se trata de una auténtica asociación de trabajadores, aunque esos trabajadores estén dirigidos por teóricos sociales y políticos sociales pertenecientes a otra clase. Un hombre con el que me reuní, uno de los líderes del Consejo, estuvo sentado en su banco de trabajo durante toda nuestra entrevista, e interrumpía de cuando en cuando su conversación conmigo para recibir quejas –formuladas en un tono no precisamente amable- de cualquiera de los muchos maestrillos para los que trabajaba, que rondaban por allí. Había visto a ese mismo hombre pronunciar en público elocuentes discursos, inspirados, pasaje a pasaje, por la energía del odio hacia aquellas clases que se llaman a sí mismas dirigentes. Comprendí sus soflamas tras echar un vistazo a la vida cotidiana del orador. No podía por menos que tener la sensación de que disponía de cerebro más que suficiente para organizar un gobierno funcional y, aun así, se veía obligado a dedicar su vida al repugnante desempeño de una tarea meramente mecánica. Era un hombre orgulloso y sensible, pero cada tres por cuatro se veía obligado a responder con una respetuosa inclinación a un gruñido y con una sonrisa a una orden que reflejaba aproximadamente el mismo nivel de cortesía que el que muestra un cazador hacia su perro. Ese hombre me permitió entrever una faceta de la naturaleza de la Internacional, la del enfrentamiento entre trabajo y capital, entre el obrero que produce y el intermediario que disfruta. Allí estaba la mano que se abatiría implacable cuando llegara el momento y, por lo que se refiere al cerebro planificador, creo que tuvo ocasión de conocerlo en mi entrevista con el doctor Carlos Marx.

Carlos Marx es un doctor en filosofía, alemán, dotado de esa extensa erudición germánica producto tanto de los libros como de la observación del mundo. Debo señalar que nunca ha sido un trabajador en el sentido habitual del término. Su entorno y apariencia son los de un hombre de clase media al uso. El salón en el que fue recibido la noche de la entrevista habría podido ser el agradable refugio de un próspero corredor de Bolsa que hubiese demostrado ya su competencia y estuviera ahora enfrascado en la tarea de amasar su fortuna. Era la confortabilidad personificada, el apartamento de un hombre de buen gusto y situación desahogada, pero sin nada que reflejara particularmente la personalidad de su propietario. Con todo, un hermoso álbum de vistas al Rin que había sobre la mesa daba una pista sobre su nacionalidad. Escudriñé cautelosamente el interior de un jarrón que había en una mesita auxiliar en busca de una bomba. Agucé el olfato por si percibía algún olor a petróleo, pero sólo olía a rosas. Retrocedí casi a hurtadillas hasta mi asiento y me senté, taciturno, a esperar lo peor.

Ha entrado, me ha saludado cordialmente y estamos sentados frente a frente. Sí, estoy tête-à-tête con la encarnación de la revolución, con el auténtico fundador y guía espiritual de la Asociación Internacional, con el autor de un discurso que le dice al capital que si le declara la guerra a los trabajadores no puede por menos que esperar que la casa arda hasta los cimientos. En pocas palabras, me encuentro frente a frente con el apologeta de la Comuna de París. ¿Recuerdan el busto de Sócrates, aquel hombre que prefirió morir antes que creer en los dioses de su tiempo, aquel hombre de frente despejada y hermoso perfil mezquinamente rematado por una especie de gancho hendido que hacía las veces de nariz? Imaginen ese busto, pónganle una barba oscura salpicada aquí y allá por pinceladas de gris. Seguidamente, unan esa cabeza a un tronco corpulento propio de un hombre de estatura media, y tendrán ante ustedes al doctor Marx. Si cubren con un velo la parte superior de su rostro podrían estar en presencia de un miembro nato de la junta parroquial protestante. Si dejan al descubierto su rasgo más esencial, su inmenso ceño, sabrán de inmediato que se encuentran frente a la más formidable conjunción de fuerzas: un soñador que piensa, un pensador que sueña.
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Los últimos diez años de Karl Marx

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Marx en su hogar

 

Como había hecho a fines de 1853, después de los últimos estertores de la Liga Comunista, Marx, ahora, al final del año 1863, después de los últimos estertores de la Internacional, se retiró a su cuarto de trabajo. Pero esta vez, para el resto de su vida.

Se ha dicho que sus últimos diez años fueron “una lenta agonía”, pero esto es un poco exagerado. Es cierto que las luchas que siguieron a la represión de la Comuna inflingieron grave quebranto a su salud; durante el otoño de 1853 sufrió mucho de la cabeza y estuvo expuesto al peligro bastante inminente de una embolia. Aquel estado cerebral de depresión crónica le incapacitaba para trabajar y le quitaba las ganas de escribir; si se hubiese mantenido mucho tiempo, podría haber acarreado consecuencias graves. Pero Marx se repuso después de varias semanas de tratamiento en manos de un médico de Manchester, llamado Gumpert, amigo suyo y de Engels, en quien tenía absoluta confianza.

Por consejo de Gumpert se decidió á ir a tomar las aguas de Karlsbad en el año 1864, cosa que hizo también en los dos siguientes; en 1867 eligió, por variar, el balneario de Neuenahr; los dos atentados que sobrevinieron contra el emperador de Alemania en el año 1878 y la batida contra los socialistas que los siguió le cerraron las fronteras del Continente. Pero las tres temporadas de aguas de Karlsbad le habían sentado “a la maravilla”, curándole casi por completo de su viejo padecimiento del hígado. Sólo le quedaban las molestias crónicas del estómago y las depresiones nerviosas, que se traducían en dolores de cabeza y sobre todo en un insomnio pertinaz. Estos trastornos desaparecían más o menos radicalmente despues de pasar una temporada de verano en cualquier balneario o lugar de descanso, para reproducirse con mayor algidez ya entrado el invierno.

Para restaurar por completo su salud tenia que haberse entregado al descanso a que sin duda alguna le habia hecho acreedor al acercarse a los sesenta años toda una vida de trabajo y sacrificio. Pero no habia que pensar en esto, siendo el quien era. Afanoso de sacar adelante su obra cientifica maestra, se entrego con ardoroso celo a los estudios cuyos horizontes se habian ido dilatando poco a poco. “Para un hombre que como el tenia que analizar los origenes historicos y las condiciones previas de todo —dice Engels, hablando de esto—, era natural que cada problema entranase, por concreto que fuese, toda una serie de problemas nuevos. La prehistoria, la agronomia, el regimen ruso y norteamericano de la propiedad territorial, la geologia, etc., todo lo estudia a fondo para construir con una integridad, como jamas hasta el habia intentado nadie, el capitulo del terccer tomo que trata de la renta del suelo. Ademas de los idiomas germanicos y latinos, que ya leia en su totalidad, se puso a estudiar la vieja lengua eslava, el ruso y el serbio.” Y esto, con ser mucho, no era mas que la mitad de su labor diaria, pues Marx, aunque se hubiese retirado de la politica activa, s agui a interviniendo con igual celo en el movimiento obrero europeo y americano. Mantenia correspondencia con casi todos los dirigentes de los diversos paises, que no daban ningun paso importante sin antes consultarle, siempre que ello fuese posible; poco a poco, iba convirtiendose en el consejero acuciosamente solicitado y siempre dispuesto del proletariado militante.
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Comunicado del Comité Central del Partido Comunista de la India (Maoista) ante la Celebración del 50 Aniversario de la Gran Revolución Cultural Proletaria y el Histórico Levantamiento de Naxalbari, el Centenario la Revolución Socialista Rusa y el Bicentenario del Nacimiento de Karl Marx

 

La Red de Blogs Comunistas, que ha asumido la responsabilidad y el empeño de ser la voz del Partido Comunista de la India (Maoista) en castellano, y portavoz de la Revolución Naxalita, ha traducido al español su último comunicado, que llama a celebrar el Quincuagésimo aniversario de la Gran Revolución Cultural Proletaria y el Histórico Levantamiento de Naxalbari, el Centenario de la Revolución Socialista Rusa, y el Bicentenario del Nacimiento de Karl Marx.

Lo compartimos para su difusión:

 

PARTIDO COMUNISTA DE LA INDIA (MAOÍSTA)
COMITÉ CENTRAL

16 de marzo de 2016

 

¡CELEBREMOS EL QUINCUAGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA GRAN REVOLUCIÓN CULTURAL PROLETARIA (GRCP) Y EL HISTÓRICO LEVANTAMIENTO ARMADO DE NAXALBARI, EL CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA RUSA, QUE ESTREMECIÓ A LA HUMANIDAD TODA, Y EL BICENTENARIO DEL NACIMIENTO DE KARL MARX, EL GRAN MAESTRO DEL PROLETARIADO INTERNACIONAL, CON ESPÍRITU Y ENTUSIASMO REVOLUCIONARIOS!

 

Llamamiento del Comité Central

Queridos camaradas, amigos de la Revolución india, obreros, campesinos, masas trabajadoras,

Dentro de poco vamos a celebrar cuatro aniversarios de importancia histórica para el proletariado mundial. La Gran Revolución Cultural Proletaria (GRCP), que cumple su quincuagésimo aniversario este año, fue el sin par levantamiento revolucionario de las masas en la China socialista que dirigía Mao y en el seno del Partido Comunista. Su objetivo fue someter todos y cada uno de los ámbitos de la superestructura cultural a la base económica socialista del país, fomentando la más activa participación de las amplias masas trabajadoras en la lucha contra la cultura burguesa y reaccionaria. En la GRCP se agudizó intensamente la lucha de clases contra los partidarios del camino capitalista emboscados en las filas del Partido Comunista, fue una continuación de la lucha antirrevisionista del Gran Debate y marcó una nueva etapa en el desarrollo de la Revolución china. La GRCP corroboró la lección que nos enseñara Mao en el sentido de que se necesitarán muchas revoluciones culturales en el proceso de construcción y consolidación del socialismo que conduce al comunismo. En el plano internacional, creó las condiciones y el contexto para lograr una ruptura decisiva con el revisionismo en los movimientos comunistas de muchos países, la formación de partidos marxistas-leninistas y una nueva oleada de guerras revolucionarias campesinas. En la India, el gran levantamiento armado revolucionario campesino de Naxalbari, del que se van a cumplir 50 años, estuvo influido e inspirado por la GRCP. Naxalbari fue un acontecimiento rompedor que, bajo la dirección del camarada Charu Majumdar –el gran dirigente, maestro y precursor del PCI (Maoísta) junto con Kanhai Chatterji–, marcó un nuevo comienzo en la historia de la Revolución democrática india. También se está acercando el centenario de la victoria de la gran Revolución socialista rusa, que aplastó el poder político de las clases capitalista y feudal por medio de la insurrección armada y que, por vez primera, estableció un nuevo Estado de la clase obrera y de las masas trabajadoras bajo la dirección de los camaradas Lenin y Stalin. Dicho Estado emprendió la tarea de construir el socialismo y sentó las bases de un sistema socialista, preparando así el terreno para la transición al comunismo. La Revolución bolchevique contó con la guía correcta de la ideología proletaria del Marxismo y del partido revolucionario del proletariado. Adoptó la estrategia y la táctica correctas y llevó a cabo una lucha implacable contra el oportunismo de derechas y de “izquierdas” tanto en el partido como en el país. En el transcurso de la construcción del socialismo y de la lucha contra el oportunismo nacional e internacional, el Marxismo se desarrolló hasta alcanzar una etapa nueva y superior: el Leninismo o Marxismo-Leninismo. Se aproxima asimismo el bicentenario del nacimiento de Karl Marx, fundador de la ideología proletaria y del socialismo científico, el gran filósofo revolucionario que formuló una teoría y un método absolutamente novedosos. Marx mostró un nuevo camino a una humanidad cuyo desenvolvimiento se produce en el curso de una enconada lucha de clases y en la lucha contra la ideología, la economía, la política y la cultura burguesas y pequeño burguesas, así como en el combate contra el oportunismo de derechas y de “izquierdas” en el seno del movimiento obrero. El Marxismo marcó el amanecer de una nueva época para la humanidad, aherrojada durante miles de años por la explotación y la opresión de clase, y convirtió en una posibilidad real la transición a una sociedad sin clases, es decir, al reino de la libertad.
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Karl Marx entrevistado por sus hijas

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Jenny y Laura hicieron, un día, a su padre, como broma, una serie de preguntas, cuyas respuestas deberían ser una especie de “confesión”. Este cuestionario y las respuestas de Marx, escritos en inglés, se refieren a los años 1860-1865:

 

Hijas: La cualidad que más aprecias:
Marx: La sencillez.
H: Un rasgo característico:
M: La unidad del objetivo.
H: Tu idea de la felicidad:
M: La lucha.
H: Tu idea de la infelicidad:
M: La sumisión.
H: El defecto que disculpas más facilmente: Sigue leyendo

La lírica socialista

Franz_Mehring

 

En este artículo, escrito en 1897, Franz Mehring nos da a conocer la poesía revolucionaria alemana de mediados del siglo pasado, revela la influencia que esta ejerció sobre Marx y Engels y el apego que los inmortales maestros del proletariado tenían por este hermoso género de la literatura y del arte.

 

Entre los brotes generados por el socialismo alemán en la década de 1840 del siglo pasado, la poesía socialista no era de los más débiles. Todavía estaba viva en la literatura la fuerte tradición de la época clásica de la burguesía alemana, y la súplica del proletariado por ayuda encontraba un sonoro eco. Este eco era débil en la Alemania Oriental y poderoso en la Alemania Occidental, pero particularmente potente especialmente entre los emigrantes alemanes, entre los poetas que, en palabras de uno de ellos “ihrer Lieder Schwert westwarts getrieben hat” (“la espada de sus canciones los juzgó en Occidente”).

Las poesías de Karl Beck (1), Meissner (2) y Lenau (3), estaban repletas de una revuelta contenida y llenas de vaga esperanza por su liberación. En las canciones sobre los pobres, Beck lanza contra la familia de los Rothschild -ese rey de reyes- un conjunto de pesadas acusaciones, y amenaza a este dominador de esclavos con el juicio de los libres. Meissner veía los rostros anémicos de los niños allí donde “las altas chimeneas de las fábricas vomitaban humo y donde las ruedas de hierro, en medio de un gran ardor, marcaban el ritmo de una danza pesada”; expresó su repulsa contra el Mesías que había prometido a los niños el reino de los cielos. Lenau sentía más profundamente que ellos la pesada agonía de la muerte en la semi-oscuridad antes del amanecer, con deseos ardientes, con enormes sufrimientos; comprendía más claramente que ellos que habían entrado en una nueva era, como antes habían entrado su albigenses (4). Su tumultuosa sensación de libertad la expresó en la maravillosa Visión, la que Marx, en apoyo de su verdad enteramente filosófica, repitió incluso cuando el sol de la ciencia derramó en su obra rayos de luz.

La luz del sol no elude el camino
Como no se oculta el nacer del sol con
mantos rojos o con sotanas negras.
Después de los albigenses vienen los husitas (5) y
reciben el pago sangriento por los
sufrimientos de los antepasados.
Inmediatamente después de Huss y Ziska (6) viene Lutero (7)
Hutten (8),
La guerra de los 30 años, los combatientes
de Zevenn (9),
los destructores de la Bastilla y otros.
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¿Cuándo desaparecerán las religiones?

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El mundo religioso es sólo un reflejo del mundo real.

En una sociedad de productores de mercancías, donde la relación social general de la producción consiste, para los productores, en ver en sus productos sólo mercancías, es decir, valores, y en comparar, bajo esta forma natural, sus trabajos privados, unos con otros, como trabajo humano indiferenciado, la forma de religión más adecuada es el cristianismo, con su culto del hombre abstracto, y sobre todo en su desarrollo burgués, en el protestantismo, deísmo, etc.
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Marx el poeta, criticado por él mismo

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En diciembre de 1936, tres meses después de su entrada en la Universidad de Berlín, Marx abandonó en casa de Jenny von Westphalen tres cuadernos de poesía. Al final del semestre universitario (febrero-marzo de 1837), llena un nuevo cuaderno de versos y lo manda a su padre en conmemoración de su 55 cumpleaños.

Algún tiempo después, Marx, que tiene 19 años, juzga severamente, en una carta escrita a su padre el 10 de noviembre de 1837, esos ensayos de la juventud impregnados de un romanticismo, entonces, de moda, contra el cual se levantará tan violentamente más tarde.

Los tres primeros cuadernos de poesías de Marx se perdieron. El Instituto Marx-Engels-Lenin consiguió encontrar el cuaderno de 1837 que contiene, además de esto, parte de los poemas incluídos en los primeros manuscritos.

 

“Dado mi estado de espiritu, en aquellos dias, tenía que ser la poesia lírica, necesariamente, el primer recurso a que acudiera o, por lo menos, el más agradable y el más inmediato, como correspondía a mi situación y a toda mi evolución anterior, puramente idealista. Mi cielo y mi arte eran un más allá tan inasequible como mi propio amor. Todo lo real se esfuma y los contornos borrosos no encuentran limite alguno; ataques a la realidad presente, sentimientos que palpitan por todo lo ancho y de un modo uniforme, nada natural, todo construido como en la luna, lo diametralmente opuesto a cuanto existe y a cuanto debiera ser; reflexiones retóricas en vez de pensamientos poéticos, pero tal vez también cierto calor sentimental y la pugna por alcanzar cierto brio: he ahí todo lo que yo creo que se contiene en los primeros tres volumenes de poemas que he enviado a Jenny. Toda la profundidad insondable de un anhelo que no atalaya fronteras, late aquí bajo diversas formas, haciendo de la “poesia” un mundo sin horizontes ni confines. (1)
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Materialismo mecanicista y materialismo dialéctico

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A través de “crisis esenciales”, nuestra razón y la ciencia se enriquecen. El autor (Paul Lagenvin), analizando los avances de la física, hace de alguna manera el camino inverso al de la gente desconcertada que, hoy, pretende redescubrir la ideología burguesa. Muestra cómo el pensamiento evolucionó hasta el materialismo dialéctico, lo que él llama “filosofía de la transformación”.

El discurso, del que reproducimos algunos fragmentos, fue hecho por Paul Langevin en París, en 1945, en un acto diseñado para conmemorar el 200 aniversario de la edición de la Enciclopedia, obra que marcó el pensamiento francés (enciclopedismo) en el pre-Revolución Francesa de 1889.

Este discurso, más allá de su interés intrínseco, está de actualidad política en un momento en que dichos sectores llamados de “izquierda” buscan presentar como paradigma al pensamiento progresista de nuestro tiempo la yuxtaposición de los ideales políticos de la Revolución Francesa con la ideología de la Revolución Soviética. Langevin muestra, en el terreno filosófico y científico, que las concepciones de los pensadores progresistas en Francia a mediados de 1700, fueron superadas por un mayor desarrollo científico y sobre todo por el pensamiento filosófico de Karl Marx. Muestra que la síntesis hecha por Marx entre el materialismo francés y la dialéctica idealista alemana no es una mera yuxtaposición de estas dos corrientes, sino su síntesis dialéctica.

En este texto destaca, en particular, la visión dialéctica del nuevo determinismo introducido por la física moderna, el determinismo probabilista. Langevin no lo niega, le da la bienvenida como humanización de la ciencia. Con esta visión se distingue de físicos y filósofos soviéticos que, unidos a una visión mecanicista de la realidad, trataban de reducir el alcance de la innovación conceptual.

Paul Langevin fue un físico de renombre en la primera mitad de este siglo. Con importantes trabajos científicos sobre la relatividad y el magnetismo, presidió los Congresos Solvay, principal foro de la física de la época, a partir de 1927. También contribuyó de forma importante en la educación y la filosofía. Fue un destacado activista político progresista. Participó activamente en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, fue arrestado por los nazis y huyó de la cárcel. Después de la guerra ingresó en el Partido Comunista Francés, falleciendo en 1946. Sus restos mortales fueron trasladados al Panteón, tumba de los héroes de la nación francesa. Fragmentos de sus escritos políticos, científicos, filosóficos y educativos han sido publicados en el libro “La Pensée et L’Acción“. Los fragmentos aquí publicados han sido traducidos de la revista “La Pensée“, Nº 12, 1947, p. 8-12.
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Marx y la deuda pública

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El sistema del crédito público, es decir, de la deuda del Estado, cuyos orígenes descubríamos ya en Génova y en Venecia en la Edad Media, se adueñó de toda Europa durante el período manufacturero. El sistema colonial, con su comercio marítimo y sus guerras comerciales, le sirvió de acicate. Por eso fue Holanda el primer país en que arraigó. La deuda pública, o sea, la enajenación del Estado —absoluto, constitucional o republicano—, imprime su sello a la era capitalista. La única parte de la llamada riqueza nacional que entra real y verdaderamente en posesión colectiva de los pueblos modernos es… la deuda pública(1). Por eso es perfectamente consecuente esa teoría moderna, según la cual un pueblo es tanto más rico cuanto más se carga de deudas. El crédito público se convierte en credo del capitalista. Y al surgir las deudas del Estado, el pecado contra el Espíritu Santo, para el que no hay remisión, cede el puesto al perjurio contra la deuda pública.

La deuda pública se convierte en una de las palancas más potentes de la acumulación originaria. Es como una varita mágica que infunde virtud procreadora al dinero improductivo y lo convierte en capital sin exponerlo a los riesgos ni al esfuerzo que siempre lleva consigo la inversión industrial e incluso la usuraria. En realidad, los acreedores del Estado no entregan nada, pues la uma prestada se convierte en títulos de la deuda pública, fácilmente negociables, que siguen desempeñando en sus manos el mismísimo papel del dinero. Pero aún prescindiendo de la clase de rentistas ociosos que así se crea y de la riqueza improvisada que va a parar al regazo de los financieros que actúan de mediadores entre el Gobierno y el país —así como de la riqueza regalada a los arrendadores de impuestos, comerciantes y fabricantes particulares, a cuyos bolsillos afluye una buena parte de los empréstitos del Estado, como un capital llovido del cielo—, la deuda pública ha venido a dar impulso a las sociedades anónimas, al tráfico de efectos negociables de todo género, al agio; en una palabra, a la lotería de la bolsa y a la moderna bancocracia.

Desde el momento mismo de nacer, los grandes bancos, adornados con títulos nacionales, no fueron nunca más que sociedades de especuladores privados que cooperaban con los gobiernos y que, gracias a los privilegios que éstos les otorgaban, estaban en condiciones de adelantarles dinero. Por eso, la acumulación de la deuda pública no tiene barómetro más infalible que el alza progresiva de las acciones de estos bancos, cuyo pleno desarrollo data de la fundación del Banco de Inglaterra (en 1694). Este último comenzó prestando su dinero al Gobierno a un 8% de interés; al mismo tiempo, quedaba autorizado por el parlamento para acuñar dinero del mismo capital, volviendo a prestarlo al público en forma de billetes de banco. Con estos billetes podía descontar letras, abrir créditos sobre mercancías y comprar metales preciosos. No transcurrió mucho tiempo antes de que este mismo dinero fiduciario fabricado por él le sirviese de moneda para saldar los empréstitos hechos al Estado y para pagar los intereses de la deuda pública por cuenta de éste. No contento con dar con una mano para recibir con la otra más de lo que daba, seguía siendo, a pesar de lo que se embolsaba, acreedor perpetuo de la nación hasta el último céntimo entregado. Poco a poco, fue convirtiéndose en depositario insustituible de los tesoros metálicos del país y en centro de gravitación de todo el crédito comercial. Por los años en que Inglaterra dejaba de quemar brujas, comenzaba a colgar falsificadores de billetes de banco. Las obras de aquellos años, por ejemplo, las de Bolingbroke(2) muestran qué impresión producía a las gentes de la época la súbita aparición de este monstruo de bancócratas, financieros, rentistas, corredores, agentes y lobos de bolsa.
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Sobre el indiferentismo político

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La clase obrera no se debe constituir en partido político. No debe, bajo ningún pretexto, emprender una acción política, pues la lucha contra el Estado es el reconocimiento del Estado ¡y esto está en contradicción con los principios eternos!

Los trabajadores no deben hacer huelgas, ya que, en ellas, disipan sus fuerzas, llegando a alcanzar un aumento de sus salarios o impedir su reducción, reconociendo de esta manera, por lo tanto, el sistema de trabajo asalariado, ¡y esto está en contradicción con los principios eternos de la emancipación de la clase obrera!

Si los trabajadores se unen en su lucha política contra el Estado burgués, lo hacen sólo para obtener concesiones, celebrando, por consiguiente, compromisos, ¡lo que entra en contradicción con los principios eternos!

Por eso, es necesario maldecir todos los movimientos pacíficos, aquellos que son impulsados por los trabajadores ingleses y estadounidenses, por mal hábito.

Los trabajadores no deben disipar sus fuerzas luchando por la obtención del límite legal de la jornada de trabajo, pues eso significa celebrar acuerdos con los empresarios que, después, pueden todavía explotarlos por 10 ó 12 horas, en lugar de 14 o 16.          

Del mismo modo, no deben ni siquiera esforzarse en obtener la prohibición legal del trabajo en la fábrica de las niñas que tienen menos de 10 años de edad, ya que, a través de eso, no se elimina la explotación de los niños que tienen menos de 10 años.

En caso de que hagan eso, asumen, por lo tanto, un nuevo compromiso, empañando, de ese modo, ¡la pureza de los principios eternos!

Mucho menos aún, los trabajadores deben exigir -tal como ocurre en la República de los Estados Unidos- que el Estado, cuyo presupuesto está hinchado a costa de la clase trabajadora, deba estar obligado a otorgar a los hijos de los trabajadores formación escolar básica, ya que esta no es ni siquiera una educación universal.     
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El Freudismo y los “Freudomarxistas”

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La afirmación del materialismo dialéctico como concepción filosófica que guía el análisis de los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad, se reviste de gran importancia para la propaganda marxista. Hoy en día, con la profundización de la crisis general del capitalismo -que también se extiende a la esfera de las ideas- se asiste a una proliferación de falsas teorías cuyo alcance es desorientar a la gente y ensombrecer su perspectiva. En este artículo, que guarda actualidad en sus aspectos fundamentales, el autor critica los puntos de vista idealistas del psiquiatra vienés Sigmund Freud y sus seguidores y combate los intentos de los “freudomarxistas” por encontrar una convergencia entre el marxismo y el freudismo.

Freud sacudió el mundo. Son numerosos aquellos que piensan que el psicoanálisis cambiará la faz de la tierra“. Así se expresa uno de los discípulos de Freud en Europa Occidental, F. Wittels.

El propio Freud se iguala a Copérnico y a Darwin. Sus teorías, mal acogidas por el “gran público” poco después de 1890, da hoy a la Europa burguesa un nuevo Evangelio. Freud, objeto de un entusiasmo general, es llevado a las nubes. Para muchos socialdemócratas, él reemplazó a Marx.

Este entusiasmo penetró hasta en la URSS. Es innecesario decir que no tiene, ni podría tener, en la sociedad soviética, la extensión que tiene en los países de Occidente. Ha encontrado muchos antídotos en la URSS.

Si, en los países de Occidente, socialdemócratas y personalidades de “extrema izquierda” como Henriette Roland-Holst hacen del freudismo el “complemento” del marxismo, en la URSS, marxistas, o mejor dicho, marxistas deplorables como M.A. Reissner, manifestaron la misma tendencia. El profesor Reissner es el autor de las siguientes líneas:

Sólo la aplicación de la dialéctica materialista, de la doctrina de Marx, puede liberar a los preciosos gérmenes del freudismo de la envoltura ideológica de la sociedad burguesa, de las deformaciones metafísicas idealistas, de las contradicciones y de las incoherencias. La ciencia marxista debe encontrar en sí misma las fuerzas y la capacidad de someter a un nuevo trabajo de elaboración la enorme documentación acumulada por Freud y también continuar la línea monista y materialista que Freud siguió antes que nada. Sólo los participantes de la lucha de clases del proletariado podrán forjar, a través de la teoría de Freud, una nueva arma contra la neurosis colectiva de la religión.

Se recomienda encarecidamente los elementos del psicoanálisis a los psicólogos y a los sociólogos marxistas, pues ahí van a encontrar las fuentes extremadamente fértiles del enriquecimiento y de la profundación de sus investigaciones“. (1)
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La reproducción socialista ampliada

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La sociedad socialista, de la misma forma que cualquier otra sociedad, no puede vivir y desarrollarse sin realizar la producción ininterrumpida de bienes materiales, ya sea comida, ropa, calzado, vivienda, combustible, instrumentos de producción, etc. Karl Marx escribió:

Cualquiera que sea la forma social del proceso de producción, es necesario que éste sea continuo, que recorra periódicamente, siempre de nuevo, las mismas fases. Del mismo modo que una sociedad no puede dejar de consumir, tampoco le es posible cesar de producir. Por tanto, considerado desde el punto de vista de una interdependencia continua y del flujo constante de su renovación, todo proceso social de producción es al propio tiempo proceso de reproducción“. (“El Capital“, Tomo I, Ed. Rusa, 1951)

Si la producción social se lleva a cabo cada año con el mismo volumen, será una reproducción simple. Si, sin embargo, el volumen de producción aumenta de año en año, y la sociedad no sólo compensa los bienes materiales consumidos, sino que produce, además de eso, nuevos medios de producción y objetos de consumo, tenemos la reproducción ampliada.

El marxismo-leninismo nos enseña que el carácter de la reproducción es definido por el modo de producción, que representa una unidad indisoluble entre dos aspectos de la producción social: las fuerzas productivas y las relaciones de producción.

La economía soviética se desarrolla según los principios de la reproducción socialista ampliada. La reproducción socialista se distingue radicalmente de la reproducción capitalista.
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Cómo estudiaba e investigaba Mao Tse-Tung

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Mao no fue un teórico de escritorio, ni un académico libresco, sino un hombre de acción. Se ha destacado en la historia mundial no precisamente por su labor científica, sino como un genio político y eminente estratega militar, que dirigió victoriosamente la lucha del pueblo chino por su liberación y desarrollo económico socialista, una de las proezas de mayor significación en la historia contemporánea. El Mao político es, pues, quien destaca su figura. Pero Mao ha sido, además, un intelectual de sólida cultura y un estudioso e investigador, también eminente. Es más, podría decirse que si Mao pudo realizar tal proeza fue, precisamente, porque se guió siempre, ante cada problema, de acuerdo al criterio -que se podría convertir en la síntesis de su perfil intelectual- de “quien no estudia e investiga no tiene derecho a opinar“, frase que ha gustado repetir en diversos artículos y de la cual nunca se avergonzó de haberla pronunciado, pese a los diversos ataques de que ha sido víctima por ello. (1)

Pero es por eso también que el maoísmo, como se verá, no es tan sólo “una corriente de opinión”; es algo más. Es una teoría específica de la sociedad y la revolución chinas. Porque indiscutiblemente Mao no sólo fue el principal dirigente de la revolución china, sino además su principal teórico. Precisamente, lo que se intentará exponer en este estudio, será eso que hemos denominado “el perfil intelectual y científico de Mao Tse-Tung“. Trataremos de mostrar especialmente su estilo de trabajo teórico y método de investigación. Porque lo cierto es que Mao supo hacer ciencia empírica, es decir un estudio concreto de la realidad concreta. Y lo hizo con tal pasión por la verdad, espíritu revolucionario, actitud de estudio y rigor analítico, que sus hábitos de trabajo, su vocación científica y método de investigación constituyen, en su conjunto, un modelo de trabajo intelectual digno de ser emulado.

La exposición se ha dividido en dos partes. La primera trata de exponer sus hábitos y forma de estudio, su actitud ante el marxismo, la ciencia y la cultura, y de comunicar, al mismo tiempo, el rigor con que realizaba sus estudios teóricos. La segunda parte pretende disecar algunos rasgos del método de investigación científico, explícito o implícito, en sus investigaciones.
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Mujeres: El género nos une, la clase nos divide.

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La desigualdad de la mujer en el capitalismo se viene profundizando en los últimos años, sobre todo en los países explotados. La discusión de por qué se da eso se reviste de un carácter académico y todo lo que se refiere a la opresión de la mujer es rotulado como una cuestión de genero.

Después de las grandes movilizaciones feministas de los años 60 y 70, las mujeres volvieron a casa, y las discusiones feministas pasaron de las calles a las aulas de las universidades. Surgieron los llamados Estudios de la Mujer y, posteriormente, Estudios de Género, sobre todo en los países imperialistas, y la lucha por la liberación de la mujer perdió lo más progresivo que tenía: el método de lucha, las manifestaciones masivas, la movilización, que involucraba otros sectores de la sociedad. Bajo la dirección de corrientes de clase media e intelectuales, sin la participación masiva de la mujer trabajadora, la lucha feminista se volvió aún más reformista, contentándose con ampliar los espacios de la mujer en la democracia burguesa, como queda claro en esta declaración de la feminista argentina Mabel Bellucci: “La expresión Estudios de la Mujer identifica esa nueva empresa intelectual dispuesta a democratizar aquelllos espacios productores de conocimiento, donde las mujeres no se sienten representadas por estar excluidas como sujetos y objetos de estudio” .

En estos últimos treinta años, se produjo mucha literatura sobre el tema, en especial en Inglaterra, Estados Unidos, España, Italia y Francia. Los catálogos de las grandes editoriales y los programas de congresos, conferencias y cursos universitarios lo confirmam, así como la pluralidad de posiciones teóricas existentes. Tanto que ya se habla de teoría feminista, que fundamenta toda un área llamada estudios de género.

Dentro de los marcos del capitalismo, estos estudios son importantes porque tornan cada vez más visible la desigualdad de la mujer y, en algunos países, sobre todo en los países imperialistas, esta producción académica conseguió ampliar los espacios de la mujer en la sociedad. Sin embargo, es preciso polemizar con esta postura porque, al centrar la opresión de la mujer en la desigualdad de género, restringe su lucha en los marcos del capitalismo –tornándose una lucha por reformas dentro del sistema capitalista– e ignora el problema de clase, llevando a una política que busca unir a todas las mujeres, independientemente de la posición que ocupan en el modo de producción.
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Sobre el materialismo histórico

Merhing

 

Karl Marx ha realizado la síntesis del materialismo histórico en forma tan breve como convincente en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, publicado en 1859. Allí dice:

El resultado general al cual llegué, y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así: En la producción social de su vida los hombres contraen relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a un determinado estadio del desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social, lo que determina su conciencia. En
una cierta etapa de su desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que tan sólo es una expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. Estas relaciones dejan de ser formas que favorecen el desarrollo de las fuerzas productivas y se transforman en trabas de las mismas. Entonces comienza una época de revolución social. Al cambiar la base económica se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura. Al considerar estas revoluciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales en las condiciones de producción económicas, que se pueden comprobar —con la exactitud de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas— o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no nos formamos un juicio acerca de lo que es un individuo por lo que él piensa de sí, tampoco podemos juzgar una de estas épocas de revolución a partir de su conciencia, sino que debemos explicarnos más bien esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Una formación social no desaparece nunca antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen relaciones de producción nuevas y superiores antes de que se hayan incubado, en el seno de la propia sociedad antigua, las condiciones materiales de su existencia. Por eso la humanidad siempre se plantea exclusivamente tareas que puede realizar, pues si se observa con más cuidado se encontrará siempre que la tarea sólo surge cuando ya existen, o por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos se puede caracterizar a los modos de producción asiático, antiguo, feudal y moderno burgués como etapas progresivas en la formación económica de la sociedad. Las relaciones de producción burguesas son la última forma antagónica del proceso de producción social, antagónica no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que surge de las condiciones sociales de vida de los individuos; pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para solucionar este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana”.

Con estas pocas palabras se explica la ley que mueve la historia humana con una profundidad transparente y una claridad acabada que no encuentran su igual en toda la literatura. Y hay que ser realmente docente de filosofía en la buena ciudad mercantil de Leipzig para encontrar aquí, como lo hace el señor Paul Barth, “palabras e imágenes poco precisas”, formulaciones muy vagas, remendadas con imágenes, sobre la estática y la dinámica sociales. Pero ya once años antes, en El Manifiesto Comunista de 1848, Marx y Engels habían descrito así en qué medida los hombres son los portadores de este desarrollo histórico:

La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.

Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra, opresores y oprimidos se enfrentaron siempre como opuestos, mantuvieron una lucha ininterrumpida, a veces velada, a veces abierta, que terminó siempre con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con la desaparición conjunta de las clases en pugna“.

En las épocas históricas anteriores encontramos por casi todas partes una división total de la sociedad en diversos estamentos, un escalonamiento múltiple de condiciones sociales. En la antigua Roma tenemos patricios, caballeros, plebeyos, esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos maestros, oficiales, siervos, y además, dentro de casi todas estas clases, nuevas divisiones especiales“.

La moderna sociedad burguesa, surgida de las ruinas de la sociedad feudal, no ha eliminado las contradicciones de clase. Sólo ha creado nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha en sustitución de las viejas“.

Nuestra época, la época de la burguesía, se destaca sin embargo, porque ha simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad se divide, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos clases que se enfrentan directamente: burguesía y proletariado”.

Luego viene la famosa descripción de cómo la burguesía por un lado, el proletariado por otro, deben desarrollarse de acuerdo con sus condiciones de existencia históricas, una descripción que en el ínterin ha superado brillantemente la prueba de casi medio siglo pleno de las más inauditas transformaciones; y a continuación la demostración de por qué y cómo el proletariado triunfará sobre la burguesía. Al eliminar las antiguas condiciones de producción, el proletariado elimina las contradicciones de clase, las clases en general y con ello su propia dominación como clase.
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Del materialismo formal al materialismo dialéctico

ImagenAugust Thalheimer

Fuentes del materialismo dialéctico

El progreso decisivo sobre el materialismo de Feuerbach fue realizado por Marx y Engels a partir del año 1840, es decir, algunos años antes de la revolución de 1848. El mismo Feuerbach había escrito en 1841, su libro “La esencia del cristianismo”, y en 1843 sus “Pensamientos sobre la filosofía del porvenir”. Pocos años faltaban para que Marx y Engels pudieran sobrepasar el punto que Feuerbach alcanzó. Feuerbach no era sino un filósofo revolucionario burgués, perteneciente a la tendencia más radical, más avanzada, de la revolución burguesa.

Marx y Engels comenzaron del mismo modo su carrera política, como revolucionarios burgueses radicales, para pasar en seguida al lado de la clase obrera y llegar a ser los fundadores del socialismo científico. Sólo convirtiéndose en revolucionarios socialistas y proletarios fue como pudieron sobrepasar la concepción burguesa radical.

Marx y Engels eran discípulos de Hegel y Feuerbach. Pero no sólo partiendo de la filosofía alemana fue como llegaron al materialismo histórico o dialéctico, sino que contribuyeron igualmente otros fenómenos de la época. Sobre todo la lucha de clases que por entonces se desarrollaba en Inglaterra. Era la época del movimiento cartista, el primer movimiento obrero moderno de gran importancia. En Inglaterra, que era en aquella época el país más desarrollado económicamente, podía advertirse fácilmente que la verdadera causa, la explicación de las luchas políticas, residía en la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado. Por otra parte, era evidente, para quién siguiese con atención la lucha de clases en Inglaterra, que ésta se explicaba por la situación económica de las dos clases en pugna, por el hecho de que la burguesía tenía en su mano el monopolio de los medios de producción y acumulaba riquezas sobre riquezas, mientras que la clase obrera, que no poseía dichos medios, estaba condenada a vender su fuerza de trabajo. Allí había que buscar, por consecuencia, la explicación materialista de los acontecimientos de la época. Friedrich Engels pasó muchos años de su juventud en Inglaterra, donde se interesó de cerca por el movimiento obrero y donde recibió los primeros estímulos que le condujeron poco a poco al materialismo histórico.

El segundo elemento que contribuyó a la formación del materialismo histórico fue el estudio de la Revolución Francesa, que influyó particularmente sobre Marx, residente entonces en París. Los escritores burgueses de la Revolución Francesa ya habían comprendido que los acontecimientos de esta revolución encontraban su significado en la lucha entre las diferentes clases de la sociedad. La concepción de la lucha de clases como fuerza motriz de la historia política se hizo particularmente clara para Marx gracias al estudio de la historia de la Revolución Francesa, mientras que Engels, por su parte, veía con precisión la base económica de la lucha entre el proletariado y la burguesía. La reunión de estos dos hombres, Max y Engels, la aplicación que hicieron a la historia del método dialéctico que aprendieron de Hegel y el paso que dieron con Feuerbach, del idealismo al materialismo, todo esto creó la base de la formación del materialismo histórico, así como la del socialismo científico. Sigue leyendo

196 años del nacimiento de Karl Marx

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A pesar de todos los esfuerzos propagandísticos de la burguesía acerca de la muerte del pensamiento marxista, sigue más vivo que nunca. Sus ideas transcienden la letra escrita y han ejercido una poderosa influencia histórica, especialmente a lo largo de todo el siglo XX. Ningún otro autor tiene tan ingente número de seguidores como él repartidos por todo el mundo y, desde luego, absolutamente nadie entre los explotados y oprimidos. Marx era un pensador como ha habido muy pocos en la historia. Como escribió Engels, Marx era un genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento. Sin él, la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre.

El mayor mérito histórico de Marx consiste en haber forjado la ciencia que trata de las leyes más generales que rigen el desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano, esto es, el materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Con ello mostró el camino no sólo para la comprensión del mundo, sino también para su transformación por la vía revolucionaria.

Marx demostró de manera científica que la muerte del capitalismo y el triunfo de la sociedad comunista son inevitables. Gracias a él, el socialismo dejó de ser un sueño estéril en un futuro mejor de la humanidad y se convirtió en una ciencia.

Junto con su amigo Friedrich Engels, Marx fundamentó científicamente la misión histórica del proletariado como la clase más avanzada, revolucionaria hasta el fin, que, al liberarse a sí misma, libera de todo yugo y de toda explotación al conjunto de la humanidad.

Marx señaló que el camino que conduce a la sociedad socialista es el de la revolución proletaria y la dictadura del proletariado. La principal diferencia del marxismo con las ideologías burguesas más progresistas y avanzadas es la teoría de la dictadura del proletariado.

La doctrina de Marx es la ideología de la clase obrera, la expresión teórica de sus intereses vitales, la ciencia de la transformación del mundo por vía revolucionaria. Los fundadores del marxismo enseñaban que el proletariado no podría cumplir su misión histórica de sepulturero del capitalismo y creador de la nueva sociedad si no organizaba su propio partido proletario.

Si echamos una mirada retrospectiva al espacio creciente de tiempo que nos separa del período en el que Marx vivía, queda claro el hecho irrebatible de que, en el curso de la lucha de clases revolucionaria, la influencia de la teoría creada por él sobre las masas trabajadoras aumenta cada vez más. La clase obrera -la más avanzada, la que orienta a todos las masas oprimidas- va influyendo cada vez más en la marcha de la historia universal, transformando el mundo de una manera activa y conscientemente, apoyándose en las leyes objetivas del progreso social, descubiertas por Marx y Engels y desarrolladas posteriormente por Lenin. La doctrina de Marx, desarrollada por Lenin y empleada de manera creadora y constantemente enriquecida por los partidos comunistas de todo el mundo, demuestra cada vez con mayor claridad su enorme fuerza vital.

Hoy se cumplen 196 años del genial pensador y dirigente del proletariado.

 

Extraído de la extinta Antorcha

“Marx ha vuelto” – Burgueses y proletarios

“Marx ha vuelto” es una miniserie de ficción basada en el Manifiesto Comunista.
Este es el Capitulo 1: “Burgueses y proletarios”.

“Marx ha vuelto” está ambientada en la Argentina actual, que al igual que otros países sufre los embates de la crisis económica. Los trabajadores de una fábrica gráfica sufren suspensiones y despidos; un grupo de ellos se organiza para luchar mientras son dejados de lado por los dirigentes sindicales. Al mismo tiempo, Martín, protagonista de esta historia, se encuentra leyendo el Manifiesto Comunista, y termina por encontrarse con Karl Marx, sin quedar en claro si es sueño o realidad. A lo largo de cuatro capítulos Marx irrumpe en la historia con sus ideas revolucionarias sobre las clases sociales, las crisis, el estado y el comunismo.

Conclusiones de la concepción materialista de la historia

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Conclusiones de la concepción materialista de la historia: continuidad del proceso histórico, transformación de la historia en historia universal, necesidad de la revolución comunista.

La historia no es sino la sucesión de las diferentes generaciones, cada una de las cuales explota los materiales, capitales y fuerzas de producción transmitidas por cuantas la han precedido; es decir, que, de una parte, prosigue en condiciones completamente distintas la actividad precedente, mientras que, de otra parte, modifica las circunstancias anteriores mediante una actividad totalmente diversa, lo que podría tergiversarse especulativamente, diciendo que la historia posterior es la finalidad de la que la precede, como si dijésemos, por ejemplo, que el descubrimiento de América tuvo como finalidad ayudar a que se expandiera la revolución francesa, mediante cuya interpretación la historia adquiere sus fines propios e independientes y se convierte en una «persona junto a otras personas» (junto a la «Autoconciencia», la «Crítica», el «Único», etc.), mientras que lo que designamos con las palabras «determinación», «fin», «germen», «idea», de la historia anterior no es otra cosa que una abstracción de la historia posterior, de la influencia activa que la anterior ejerce sobre ésta.

Cuanto más se extienden, en el curso de esta evolución, los círculos concretos que influyen los unos en los otros, cuanto más se destruye el primitivo encerramiento de las diferentes nacionalidades por el desarrollo del modo de producción, del intercambio y de la división del trabajo que ello hace surgir por vía espontánea entre las diversas naciones, tanto más la historia se convierte en historia universal, y así vemos que cuando, por ejemplo, se inventa hoy una máquina en Inglaterra, son lanzados a la calle incontables obreros en la India y en China y se estremece toda la forma de existencia de estos Estados, lo que quiere decir que aquella invención constituye un hecho histórico-universal; y vemos también cómo el azúcar y el café demuestran en el siglo XIX su significación histórico-universal por cuanto que la escasez de estos productos, provocada por el sistema continental napoleónico(1), incitó a los alemanes a sublevarse contra Napoleón, estableciéndose con ello la base real para las gloriosas guerras de independencia de 1813. De donde se desprende que esta transformación de la historia en historia universal no constituye, ni mucho menos, un simple hecho abstracto de la «autoconciencia», del espíritu universal o de cualquier otro espectro metafísico, sino un hecho perfectamente material y empíricamente comprobable, del que puede ofrecernos una prueba cualquier individuo, tal y como es, como anda y se detiene, come, bebe y se viste. Sigue leyendo

131 años del fallecimiento de Karl Marx

ImagenHoy se cumplen 131 años de la muerte Karl Marx. Marx no sólo no ha sido olvidado, sino que es más querido cada día por todos los trabajadores de nuestro planeta. Su doctrina muestra cada vez con más claridad su fuerza revolucionaria, transformadora. Esto decía su gran amigo Friedrich Engels ante su tumba:

“El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sillón, pero para siempre.

Es de todo punto imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre. Harto pronto se dejará sentir el vacío que ha abierto la muerte de esta figura gigantesca.

Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza idológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él . El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas.

Dos descubrimientos como éstos debían bastar para una vida. Quien tenga la suerte de hacer tan sólo un descubrimiento así, ya puede considerarse feliz. Pero no hubo un sólo campo que Marx no sometiese a investigación -y éstos campos fueron muchos, y no se limitó a tocar de pasada ni uno sólo- incluyendo las matemáticas, en la que no hiciese descubrimientos originales. Tal era el hombre de ciencia. Pero esto no era, ni con mucho, la mitad del hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza histórica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica tal vez no podía preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el desarrollo histórico en general. Por eso seguía al detalle la marcha de los descubrimientos realizados en el campo de la electricidad, hasta los de Marcel Deprez en los últimos tiempos.

Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos. Primera Gaceta del Rin, 1842; Vorwärts* de París, 1844; Gaceta Alemana de Bruselas, 1847; Nueva Gaceta del Rin, 1848-1849; New York Tribune, 1852 a 1861, a todo lo cual hay que añadir un montón de folletos de lucha, y el trabajo en las organizaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que, por último, nació como remate de todo, la gran Asociación Internacional de Trabajadores, que era, en verdad, una obra de la que su autor podía estar orgulloso, aunque no hubiera creado ninguna otra cosa.

Por eso, Marx era el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los repulicanos, le expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones contra él. Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía. Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde la minas de Siberia hasta California. Y puedo atreverme a decir que si pudo tener muchos adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra”.