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Miente, miente que algo queda

Pinocho Nazis

 

La frase que encabeza este artículo pertenece, como se sabe, al ministro de la propaganda del Tercer Reich, el dr. Goebbels. Parece que, a pesar de haberse demostrado sobradamente su carácter inmoral, para alguna gente continúa siendo un recurso utilizable. Lo vemos en estos días en Bolivia. Para que no lleguen a los tribunales, los cómplices y gestores de los terribles planes terroristas-separatistas, recurren a la desinformación y al desprestigio de la investigaciones. Incluso llegaron a decir que Eduardo Rózsa(1) fue contratado por el gobierno. Pero veamos un ejemplo de antología que prueba el origen de la “técnica” de la mentira internacional.

La muerte del presidente polaco Lech Kaczynski y de sus casi 90 compañeros que se dirigían a Katyn, Rusia, sirvió para recordar los acontecimientos en esta región.

Los medios de comunicación transnacionales y locales dieron como un hecho que la tragedia de Katyn -territorio ruso próximo a la ciudad de Smolensk- fue obra del “estalinismo”. En Katyn habrían sido fusilados 22.000 polacos que constituían principalmente la élite militar. Sobre este asunto corrió mucha tinta en los años de la perestroika. Obviamente que ya antes se había hablado del asunto en la prensa occidental y en los círculos de la disidencia antisoviética. En 1990, Gorbachov atribuyó el crimen a Béria(2) y a Merkúlov(3) ,y una comisión que, sin mayores formalidades, concluyó que el predecesor de la KGB, el NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) “pudo haber ordenado el fusilamiento de los prisioneros polacos” entre marzo y abril de 1940, en base a los poderes especiales que lo autorizaban a “decretar la pena de muerte”. Casi de inmediato se apuntó que tales poderes fueron otorgados después de la invasión nazi de la URSS. La conclusión de la Comisión no era tan poco taxativa.

Entonces aparece el Sr. Yeltsin que, en medio de su permanente embriaguez, afirma haber encontrado carpetas secretas en los archivos de la presidencia, y culpó directamente a Stalin de la masacre. Se demostró que las carpetas contenían documentos falsos, sin fecha, contradictorios, visiblemente inventados. El Fiscal General de la Federación de Rusia, en 2004, dio por cerrada la investigación. No encontró ninguna prueba que inculpase a la URSS, a Stalin, ni siquiera al “siniestro” jefe de la NKVD, Lavrenti Beria.
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GULAG

Gulag

 

Artículo que Viktor Zemskov (historiador durante la Perestroika) publicó en la revista “Investigaciones sociológicas” en el que aclara los datos sobre las estadísticas de prisioneros políticos del GULAG.

El objetivo del presente artículo es mostrar una estadística auténtica de los prisioneros del GULAG, una parte ya ha aparecido en artículos de A.N. Nudin, V.F. Nekrasov (1) y en el semanario “Argumenty i fakty”.

A pesar de la existencia de estas publicaciones, en las cuales se dan datos auténticos con su confirmación documental sobre el número de prisioneros del GULAG, la sociedad soviética y extranjera se encuentra completamente bajo la influencia de los datos estadísticos inventados que no se corresponden a la realidad histórica, contenidos en los trabajos de autores extranjeros (R. Conquest, S. Cohen y otros), así como en publicaciones de investigadores soviéticos (R.A. Medvedev, V.A. Chalikova y otros). Además, en los trabajos de todos estos autores la diferencia con las estadísticas auténticas nunca va en el sentido de la disminución sino exclusivamente en dirección de su aumento. Da la impresión de que compiten entre ellos para sorprender a los lectores con cifras, por decirlo de algún modo, astronómicas.

He aquí, por ejemplo, lo que escribe S: Cohen (extraído del libro de R. Conquest “El gran terror”, publicado en 1968 en los Estados Unidos): “… A finales de 1939 el número de prisioneros en cárceles y campos de concentración creció hasta los 9 millones de personas (en comparación con los 30 mil de 1928 y los 5 millones de 1933-1935” (2). En realidad en enero de 1940 había en los campos del GULAG 1.334.408 prisioneros, en colonias del GULAG 315.584 y en cárceles 190.266 personas. En total, entre campos, colonias y cárceles había 1.850.258 prisioneros (tabla 1), es decir, los datos ofrecidos por R. Conquest y S. Cohen están aumentados en casi 5 veces.

La investigadora soviética V.A. Chalikova repite a Conquest y Cohen, y dice: “Las cuentas, basadas en distintos datos, muestran que entre 1937-1959 se encontraban en los campos, que ocupaban superficies enormes, entre 8 y 12 millones de personas” (3). V.A. Chalikova da una cifra máxima de 12 millones de prisioneros en el GULAG (evidentemente en el concepto de “campo” incluye las colonias) para determinada fecha concreta, pero en realidad para el periodo de 1934 a 1953 la cifra máxima de prisioneros en el GULAG fue el 1 de enero de 1950 y fue de 2.561.351 personas (ver tabla 1). Por consiguiente, V.A. Chalikova, siguiendo a R. Conquest y S. Cohen, aumenta en unas cindo veces el número auténtico de prisioneros en el GULAG.

También hizo su aportación a la cuestión de la confusión en la estadística de prisioneros del GULAG N.S. Jruschev, que evidentemente, con el objetivo de aumentar el valor de su propio papel como liberador de las víctimas de la represión estalinista, escribió en sus memorias: “… Cuando murió Stalin, en los campos había 10 millones de personas” (4). En realidad, el 1 de enero de 1953 en el GULAG había 2.468.524 presos: 1.727.970 en campos y 740.554 en colonias (ver tabla 1). En el Archivo Central Estatal de la Revolución de Octubre se guardan copias de los informes de la dirección del Ministerio del Interior de la URSS enviados a nombre de N.S. Jruschev con indicaciones exactas del número de prisioneros, entre otros momentos a la muerte de Stalin. N.S. Jruschev estaba muy bien informado de la cifra real de prisioneros del GULAG y la aumentó en cuatro veces.

 

Tabla 1  (Pinchar en imágenes para aumentar)

Número de prisioneros del GULAG (a 1 de enero de cada año) (5)

Tabla1

* En campos y colonias.
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El cerebro de un genio

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Porciones ocultas en Berlín del cerebro de Lenin, dividido para su estudio en 31 000 partes, fueron sacadas de Alemania en una operación comando de los servicios secretos soviéticos.

 

El neurocirujano realiza las primeras incisiones en el cerebro más excepcional que ha tenido en sus manos. Un instintivo presentimiento le inquieta, aunque pregunta en broma al agente Most, de la KGB soviética: “¿Capitán, usted me está vigilando?“. El oficial, con una leve sonrisa en sus labios, contesta: “No, doctor, estoy cuidando un cerebro“.(1)

Uno de los mejores especialistas de la cirugía cerebral en ese momento, el alemán Oskar Vogt, es quien dirige el equipo médico. Se comienza a investigar la corteza cerebral de un ruso extraordinario: Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, el artífice de la Revolución que en solo diez días estremeciera al mundo.

Dos dudas deben dilucidarse: las verdaderas causas de su muerte, y si es factible hallar indicios físicos justificativos de la genialidad y la profundidad de su pensamiento.

Lo primero es el carácter secreto de la autopsia, calculada en unas cinco horas. El Gobierno soviético contrató al grupo de prominentes hombres de las neurociencias. Los médicos han pedido cobrar el equivalente de 25.000 pesos oro per cápita por su trabajo y se les pagaría 30.000 a cada uno.

Lenin fue objeto de un atentado a tiros el 30 de agosto de 1918, con balas envenenadas. Le disparó a mansalva Feiga Jaimova Roitman, alias “Kaplan”: eserista, anarquista y contrarrevolucionaria. Dos de los tres disparos de una pistola Browning hechos por esta mujer, a boca de jarro, dieron en el cuerpo del líder bolchevique, pero solo uno parecía ser mortal. Ocurrió cuando Lenin salía de hablarles a los obreros de la fábrica Michelson, en las afueras de Moscú, aunque no murió hasta el 21 de enero de 1924. Tenía el plomo más agresivo y peligroso incrustado en el cuello, muy próximo a la médula espinal, e imposible de extraer en aquella época.

Para investigar aquel cerebro excepcional, a un grupo selecto de especialistas soviéticos se sumó otro integrado fundamentalmente por científicos austríacos, belgas y alemanes, contratados por el Gobierno de la URSS. Son desconocidos todavía hoy los criterios expresados por los neurocientíficos.

Se ignoran igualmente las pesquisas que en 1970 hicieron los científicos soviéticos por el centenario del natalicio de Lenin. Se desconoce además que la KGB, al enterarse de la posible invasión alemana en 1941, ejecutó una operación comando secreta consistente en trasladar con urgencia el cuerpo embalsamado de Lenin y ocultarlo casi cuatro años en un lugar seguro en la Siberia, mientras se exponía un Vladimir Ilich de goma en el mausoleo, para protegerlo de secuestro o destrucción enemiga, según información entregada por la Embajada rusa en La Habana.(2)
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