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Lavrenti Beria y los factores de la victoria

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Nos habituamos muy rápido a las cosas buenas. En el último medio siglo nos hemos acostumbrado demasiado al milagro llamado “Victoria”. Nos hemos acostumbrado hasta a la insolencia más deplorable; ¿pero por qué fue tan difícil de conseguir la Victoria? El número de víctimas debería haber sido menor; lo ideal era que el enemigo hubiese sido rechazado fuera de nuestras fronteras.

Nos hemos acostumbrado a la apatía total, incluso llegamos a repetir la conocida afirmación de Ernst Henri(1), miembro de la Unión de Escritores de la URSS, de que supuestamente el pueblo ganó la guerra a pesar de Stalin (por cierto, Henri es conocido únicamente por haber hecho esta declaración).

Pero, ¿quién dijo que teníamos las de ganar? La Wehrmacht derrotó a Polonia en menos de tres semanas, el ejército francés, que era el más fuerte de Europa, fue derrotado en 40 días, mientras que nosotros nos demoramos tres meses y medio en dar cuenta de la diminuta Finlandia, por no hablar de las vergüenzas que pasamos.

Entonces, ¿cómo es que vencimos? La Victoria tuvo muchos factores. Además del principal, el heroísmo de los soldados y de los oficiales vergonzosamente olvidados por los creadores del proyecto de la “Pequeña cinta de San Jorge”(2), aquí se incluyen las distancias, los caminos, la lluvia y el frío. Pero hay otro factor principal de la Victoria, sin el cual ni el heroísmo nos habría salvado: el admirable funcionamiento de todo el complejo industrial-militar.

Por cierto, ¿quién fue el responsable en el gobierno soviético del complejo industrial-militar? ¡Stalin era el comandante supremo, no podía encargarse de todo!

La historia no dice nada, sus testigos susurran…

¿Pero quién dirigía el armamento?

Por casualidad, llegó a mis manos la primera edición de la novela “El acero y la escoria“, dedicada a la metalurgia de los tiempos de la guerra. En la literatura soviética de la época (y en el cine también) había la siguiente costumbre: el clímax de la narración era señalado con la entrada en escena del dirigente de turno. Podía ser el secretario del Comité Regional del Partido, o podía ser el propio Stalin, pero era obligatoria la aparición en escena del dirigente. ¿Quién, desde las alturas trascendentales del Kremlin, telefoneó a la fábrica metalúrgica en el momento culminante de la narrativa? ¿Stalin? No. Stalin comandaba el ejército. Fue Beria(3) el que llamó, el Comisario del Pueblo para Asuntos Internos. Algunos verán en esto una demostración clara de la naturaleza sanguinaria del régimen de Stalin. Pero hay una explicación más simple: la mencionada fábrica estaba bajo la alta responsabilidad de Beria, y fue por eso que telefoneó allí.
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